Hace una semana o así, se acercó el Apocalipsis a nuestra región. Qué barbaridad! Anduvo curioseando furioso y desatado, pero afortunadamente se aburrió pronto y a eso de las diez de la noche (exactamente cuando volvía yo a casa con Wonka y Fito, tras su paseo nocturno, los tres hechos sopa) se largó.
A lo largo de todo el día los árboles se agachaban a susurrar siniestras leyendas ayudados por el vendaval, y la lluvia golpeteaba con fuerza las ventanas para que no te olvidases de ella.
Y no hablemos de los rayos y los truenos...
Estos dos... sí, estos, estos dos chulitos... se pasaron el día entero hechos un único ovillo tembloroso, incrustados en el rincón entre el calefactor de la cocina y la despensa con su comida.
Cuando yo pasaba por allí levantaban las cabecitas y me interrogaban con la mirada: “¿Se va a vaer el cielo sobre nuestras cabezas?”. Asterix y Obelix, vamos...

Se movieron una sola vez, cuando arreció la tormenta, para meterse bajo mi mesa. No sé cómo consiguieron recorrer el trecho de la cocina a mi despacho, porque estoy segura de que ni para eso se desanudaron. Parecían el yin y el yang...
No hay comentarios:
Publicar un comentario