A este viaje que hemos hecho a Berlin, nos hemos llevado a Wonka (que ya estuvo hace año y medio), pero no a Fito.
El motivo: Fito padece de ansiedad por separación y no habría aguantado el viaje en avión, metido nosecuantas horas (lo que tardas en facturarlo + retraso + tiempo de vuelo + lo que tardan en devolvértelo) él solito en un transportín. Le habríamos tenido que dar un calmante para elefantes, y eso lo habría matado. O bien se las habría arreglado para secuestrar el avión y hacerlo aterrizar en el jardín de casa.
Así que Fito se ha quedado en casa de la mamma, en la que ya vivió muchos meses y en la que se encuentra como un sultán.
Llevar a Wonka ha sido tedioso, burocráticamente hablando.
-Ha habido que buscar hotel que admita mascotas (afortunadamente en Berlin eso no es complicado) y sacarle su billete de avión.
-Renovarle el pasaporte; actualizar vacunas con más de cuarenta días de antelación (si no pasa la cuarentena no le dejan viajar); desparasitarlo (por dentro y por fuera) y maquearlo (ducharlo, cortarle las uñas, cepillarlo, etc).
-En vez de vuelo con escala, hemos ido en coche a otra ciudad, tres horitas, dejado el coche en un parking, de allí nos hemos trasladado al aeropuerto en un bus del parking con las dos maletas, los macutos, el transportín, y el perrito de treinta kilazos...
-Y en la cola de facturación de equipaje le hemos dado chuches aderezadas con tranquilizantes. Y se la ha pasado llorando porque vio al lado unos transportines llenos de gatinos y quería jugar con ellos.
-Tras facturar el equipaje hemos tenido que facturarlo a él (se me rompe el alma recordarlo), para lo cual hay que sacarlo del transportín, ya que éste debe ser escaneado, volverlo a meter, y ver cómo se aleja por una cinta que no sabes dónde termina...
Y cuando hemos llegado a Berlin... De puta madre, porque los alemanes cuidan más a las mascotas que los españoles, y nos lo ha traído una persona, en ascensor; no como en la vuelta, en Espéin, que sale el transportín por la cinta del equipaje. ¿Alguno de vosotros ha visto alguna vez en la cinta de equipaje un transportín enorme que tiembla, se mueve, aúlla y llora e incluso pega saltitos? ¿Y alguno de vosotros lo ha tenido que levantar a pulso mientras seguía dando botes como un poseso y lo ha intentado encajar en el carrito del equipaje?
Suele provocar carcajadas entre los compañeros de vuelo.
En fin, es una odisea, pero cuando al final llegas al hotel (después de haberle dado de comer al pobre perrito en el suelo del parking del aeropuerto y haberle intentado convencer de que beba agua sin resultado) y le pones dos cuencos seguidos de agua (en la habitación sí que le entra sed, y MUCHA), te alegras de haberlo llevado.
Y él también. Y como botón, una imagen, que vale más que todas mis palabras:

¿Se ha visto alguna vez un perrito más feliz?

Eso fue en el Tiergarten.
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